Hubo momentos que parecían entierros, pero descubrimos que lo que creíamos perdido podía convertirse en semilla. Bajo la tierra empezaron a formarse raíces y, con ellas, la fuerza para volver a crecer.
Cada golpe dejó una enseñanza, y cada enseñanza fortaleció nuestras raíces. De ellas nacieron un nuevo tronco, nuevos frutos y una visión de legado.
No enseñamos desde lo que simplemente leímos; enseñamos desde lo que vivimos, aprendimos y vimos florecer.